El legado de don José María Iglesias Barbá trasciende los expedientes sanitarios y la propia rotulación del callejero urbano para adentrarse en los caminos rurales y el paisaje vivo del término municipal.
Al sur de Arahal, en los terrenos que discurren junto al arroyo homónimo, se ubicaba la histórica finca de La Lapa, una de las posesiones más singulares vinculadas al patrimonio familiar del reconocido facultativo.
En aquel enclave campestre se localizaba el célebre Pozo de la Lapa, un manantial cuya presencia quedó grabada con nitidez en la memoria afectiva y cotidiana de sucesivas generaciones de vecinos.
Tradición medicinal y alivio popular
La sabiduría transmitida por la costumbre arraigó con firmeza la convicción de que aquellas aguas atesoraban virtudes terapéuticas, recurriéndose a ellas como remedio habitual frente a dolencias digestivas, afecciones renales y diversos problemas dermatológicos.
Jornada tras jornada, el trasiego de cántaros, botijas y vasijas llenaba el sendero para abastecer a los hogares del casco urbano, convirtiendo el acarreo del líquido elemento en una liturgia cotidiana de búsqueda de salud y bienestar familiar.
Punto de encuentro y convivencia vecinal
Más allá de su vertiente puramente curativa, el paraje funcionó como un motor insustituible de sociabilidad al aire libre.
Con la llegada de los rigores amables de la primavera, los alrededores del manantial se transformaban en un destino predilecto para el paseo de los arahalenses, consolidando un espacio de recreo, tertulia y esparcimiento que estrechaba los vínculos de convivencia comunitaria entre distintas familias de la campiña.
El valor del patrimonio etnográfico
Aunque no han perdurado análisis químicos oficiales ni constancia documental de que el doctor Iglesias pautara estas tomas en su consulta facultativa.
La Lapa encarna de manera paradigmática la riqueza de las prácticas curativas tradicionales y la fe colectiva en los recursos del entorno natural.
La historia local de la medicina no solo se edifica a través de las grandes revoluciones bacteriológicas o los recetarios clínicos, se nutre también de estos itinerarios campestres y de la memoria viva de un pueblo que supo hallar salud y sosiego en sus propios manantiales.