En diciembre de 1872, José María Iglesias Barbá acababa de recalar en Arahal para asumir su plaza como médico titular de Beneficencia.
Pese a llevar muy poco tiempo en el municipio, no tardó en demostrar que su concepción de la medicina trascendía con creces los límites de la consulta tradicional.
En aquellas fechas, la viruela constituía una de las contingencias más temibles del panorama sanitario: un azote fulminante, letal y devastador que se cebaba con particular dureza en los hogares de las familias más humildes.
Mientras la enfermedad castigaba la capital hispalense y las poblaciones del entorno, el facultativo tuvo la certeza inmediata de que no cabía guardar de brazos cruzados, asumiendo la prevención colectiva como la principal bandera de su cometido.
Profilaxis e inmunización comunitaria
Aquel mismo año de su llegada, en 1872, promovió con determinación la compra municipal de tubos de vacuna concebidos para inmunizar de forma totalmente gratuita a las clases trabajadoras y desfavorecidas , derribando la barrera económica frente al contagio.
Su rigor científico volvió a quedar de manifiesto en 1883, cuando asesoró de forma técnica al Ayuntamiento con el fin de fiscalizar y asegurar la máxima calidad de la línea vacunal empleada en la localidad, garantizando una administración segura y eficaz en un tiempo donde los recursos biológicos exigían un control escrupuloso.
La protección de la infancia en las aulas.
La consolidación de esta política preventiva dio un salto decisivo en 1896 al trasladar las campañas de vacunación directamente al interior de las escuelas de Arahal .
Al intervenir en el entorno educativo, Iglesias Barbá logró blindar a la población infantil en el ámbito donde las cadenas de transmisión se propagaban con mayor celeridad, atacando los focos epidémicos antes de que hicieran diana en la comunidad.
Su trayectoria lo sitúa en esa generación pionera de facultativos que comprendió que la medicina no consistía únicamente en sanar al enfermo en la fase crítica, sino en anticiparse al mal; en el Arahal decimonónico, vacunar fue el acto cívico por excelencia para defender la vida y la dignidad del vecindario.