La llegada del doctor Don José Marina a Arahal en 1940 coincidió con uno de los períodos más duros y precarios del siglo XX. Con las secuelas inmediatas de la Guerra Civil marcando el día a día, la pobreza golpeaba con fuerza a centenares de familias y el acceso a la atención médica constituía un privilegio inalcanzable para la inmensa mayoría de la población.
En este contexto adverso, el facultativo adquirió una de las dos plazas de médico titular del municipio, haciéndose cargo directamente de la salud de más de setecientas familias adscritas a la Beneficencia Municipal, un servicio articulado por el Ayuntamiento para garantizar la supervivencia asistencial de los vecinos con menos recursos.
Guardia permanente en tiempos difíciles
Sin embargo, su vocación desbordó con creces cualquier marco administrativo o contractual. Lejos de ceñirse a un despacho oa una jornada establecida, Don José ejercía una medicina sin tregua ni horarios cerrados .
Atendía a los enfermos en las dependencias habilitadas por el consistorio y en su propia clínica privada , pero también acudía a diario a las llamadas a domicilio, cuidaba de los ancianos asilados en el Hospital de la Santa Caridad y Misericordia y prestaba atención regular a la comunidad de Hermanas Dominicas.
Una certeza compartida por todo el pueblo.
En una época sin telefonía móvil, sin unidades de urgencias centralizadas y con medios materiales extremadamente limitados, los vecinos de Arahal crecieron con la certeza absoluta de que, ante cualquier accidente o dolor arrepentido o, de día o de noche, Don José Marina acudiría de inmediato.
Aquella disponibilidad incondicional forjó un vínculo de confianza único entre médico y paciente, sostenido sobre el seguimiento minucioso, la cercanía afectiva y la presencia reconfortante a pie de cama.
Un recuerdo imborrable en el callejero local.
Por ello, la memoria colectiva del municipio no recuerda hoy un diagnóstico específico ni un tratamiento técnico en particular, sino la tranquilidad impagable de saber que siempre estuvo disponible cuando más se le necesitaba.
Más de dos décadas después de su fallecimiento , su nombre no solo da identidad a una de las plazas más bellas de la localidad, sino que permanece resguardado como un patrimonio humano imborrable en el corazón de varias generaciones de arahalenses.